La multitud escuchaba la voz y contemplaba la imagen. La voz del dictador era repetida por cien altavoces, y su formidable imagen se destacaba en color y en relieve, sin que ninguna pantalla la reflejara, dominando con su busto gigante, del tamaño de una montaña, la inmensa explanada en la cual los hombres del mundo de Harrania se habÃan reunido para oÃrle, obedeciendo a una orden. El impalpable coloso reflejado por las ondas era un hombre de unos sesenta años, de una vitalidad increÃble, muy hermoso todavÃa con sus cabellos blancos y su rostro lleno de fuerza y de inteligencia. La multitud escuchaba con aquella silenciosa, inquietante y pesada atención de los oprimidos. Jorris Wead, descendiente de aquellos terrestres que hacÃa un siglo habÃan venido del planeta Patria, situado a varios centenares de años luz, era el dueño absoluto de Harrania y de las nueve lunas que danzaban alrededor del planeta central su eterna danza. Jorris hablaba, y la televisión retransmitÃa su discurso en todas las ciudades del planeta y de sus nueve satélites. Y todos los que no se hallaban entonces en la explanada le estaban escuchando desde sus casas. Incluso los que reprobaban su tiranÃa, incluso los que le odiaban. Y éstos formaban legión… Pero la dictadura de Jorris Wead y de sus partidarios era tan terrible, que todos tenÃan miedo a ser delatados, y desconfiaban unos de otros.







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