La muerte acechaba en la manigua. El aire húmedo era amenazador y el sol proyectaba en vano sus rayos sobre árboles y enredaderas, incapaz de penetrar hasta la obscuridad del suelo. Un hombre corrÃa en medio de aquella obscuridad. Era un hombre muy alto y sumamente delgado, de cara cetrina, bañada en sudor. Sus ojos, detrás de los lentes que llevaba, tenÃan una expresión de preocupación. A intervalos, lanzaba una breve mirada por encima del hombro, pero él seguÃa corriendo, aunque sabÃa que todo escape era imposible.







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