Aquella habitación de hotel era pequeña y estaba pobremente amueblada; las paredes aparecÃan cubiertas de papel descolorido, en el que apenas se divisaban unas flores pintadas. Los marcos de la puerta y de la ventana mostraban numerosos lugares de los que ya habÃa desaparecido la pintura. Una persiana, muy vieja, estaba corrida ante la ventana. A causa de la mala ventilación el ambiente era casi asfixiante. La luz del techo estaba apagada y la única iluminación que allà habÃa corrÃa a cargo de la lámpara metálica de la mesita de noche. En el cÃrculo de luz rojiza proyectado por la pantalla, sobre la mesita, se veÃa un aparato telefónico, una pistola automática de color azulado y un reloj con delgada tapa de oro. Eran entonces las dos de la madrugada de un dÃa de agosto. Un hombre alto y delgado estaba sentado en el borde de la cama de hierro. Iba en mangas de camisa, aunque llevaba chaleco. La chaqueta doblada se hallaba sobre una silla inmediata a la puerta. Entre los labios sostenÃa una amarillenta colilla.







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