Precisamente entonces Shorty Hassfurther se hallaba en el mayor apuro de su vida. FÃsica y mentalmente sufrÃa terribles torturas y, lo peor de todo, era que aquello ocurrÃa en la carlinga de su muy amado avión de caza. RevolvÃase a intervalos de pocos minutos. HabÃan intentado todo cuanto sabÃa cerca de la telepatÃa, para intentar el soborno, pero nada le dio resultado. Cada vez que se volvÃa para mirar a su espejo retrovisor, podrÃa ver el mis-mo tubo de acero azul que le apuntaba. A fuerza de contemplar aquel arma amenazadora, Shorty llegó a tener la sensación de que le apuntaba, no un pequeño revólver, sino un cañón de 16 pulgadas. Y, a no ser por el dedo, semejante a una garra, que estaba doblado sobre la palanca del disparador, hubiera tenido la convicción de que la amenaza procedÃa, en realidad, de un cañón y no de un arma corta. -¡Con qué gusto le darÃa un puñetazo de los mÃos! -murmuró Shorty dirigiendo otra mirada hacia atrás.







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