El monoplano de alas bajas, con sus luces de navegación extinguidas, voló sobre Washington a las dos de la madrugada. Una constante llovizna caÃa tamizada de un techo de espesas nubes. Las luces de la capital se vislumbraban confusas, perdiéndose hacia retaguardia, borradas por las tinieblas de aquella noche de impenetrable oscuridad. El monoplano volaba veloz, rumbo al Oeste, en un vacÃo sin lÃmites. Dos hombres ocupaban la pequeña carlinga. La luz indirecta del cuadro de instrumentos mostraba sus rostros como manchas blancas en la oscuridad. PermanecÃan silenciosos. Unos diez minutos escasos les separaban de Washington, cuando el piloto se inclinó, dirigiendo la mirada hacia el cuadro de instrumentos. Medio se volvió en su asiento después de examinarlos.







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