El jinete no economizaba las fuerzas de su caballo ni las suyas. Los herrados cascos del animal batÃan rÃtmicamente la tierra, levantando, de vez en cuando, fugaces chispas de las granÃticas rocas. Los herbosos terrenos, con sus grandes matas de artemisa, única vegetación de aquel lugar, habÃan quedado ya atrás. La vasta desolación del desierto, hogar de las serpientes de cascabel, de los escorpiones y, a veces, de hombres más terribles y venenosos que estos animales, se extendÃa, entonces, ante él. Por entre los cactos, mezquites y palos verdes que, como martirizados fantasmas, se erguÃan en la inmensa planicie, el viento susurraba, levantando nubes de finÃsima arena.







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